
El reloj despertador de la sillita de luz* se las ha arreglado para rezagar dos horas, tres minutos. Sigue andando, veo el segundero avanzar y no entiendo en qué momento empezó a demorarse una milésima acá, otra más allá, hasta sumar el total del atraso.
Es una diferencia importante ahora, pero imperceptible en la ejecución. Estuvo pasando en mis narices -al costado de mi rostro, mejor dicho- y no hubo nada que detuviese la dilación del mecanismo. Qué otras cosas pasarán así, de a poquito, sigilosamente, perseverantes hasta la atrocidad, y nosotros sin advertirlo.
La merma energética en el dispositivo de carga es la culpable de los ciento veintitrés minutos de menos que marca mi reloj. Tendré que cambiarle la pila, entonces; ponerlo en hora como está sólo me llevaría de nuevo al mismo retardo.
De todos modos, nadie me devuelve ese lapso impunemente sustraído ni restaña esta falsa sensación de viaje en el tiempo. Aunque quizás haya otra explicación, más inquietante: ¿y si en vez estar rezagado, este despertador en realidad estuviese adelantando?
Atte.,
DIB
*a falta de mesitas…







