Ladrones de medio tiempo

tic

El reloj despertador de la sillita de luz* se las ha arreglado para rezagar dos horas, tres minutos. Sigue andando, veo el segundero avanzar y no entiendo en qué momento empezó a demorarse una milésima acá, otra más allá, hasta sumar el total del atraso.

Es una diferencia importante ahora, pero imperceptible en la ejecución. Estuvo pasando en mis narices -al costado de mi rostro, mejor dicho- y no hubo nada que detuviese la dilación del mecanismo. Qué otras cosas pasarán así, de a poquito, sigilosamente, perseverantes hasta la atrocidad, y nosotros sin advertirlo.

La merma energética en el dispositivo de carga es la culpable de los ciento veintitrés minutos de menos que marca mi reloj. Tendré que cambiarle la pila, entonces; ponerlo en hora como está sólo me llevaría de nuevo al mismo retardo.

De todos modos, nadie me devuelve ese lapso impunemente sustraído ni restaña esta falsa sensación de viaje en el tiempo. Aunque quizás haya otra explicación, más inquietante: ¿y si en vez estar rezagado, este despertador en realidad estuviese adelantando?

Atte.,
                DIB

*a falta de mesitas…

Attenti al homo lupus (homini)

lobotomía

Sexo, religión, raza, nacionalidad, altura, peso, cociente intelectual, inclinación política, equipo de fútbol, hábitos alimenticios, poder adquisitivo, todo es excusa para ningunear al otro, para salir a señalarlo. Nos alejamos del prójimo en ilegítimo ataque.

Qué manía la humana de diferenciar para herir, de separar para castigar al que no se nos parece. “Te respeto, pero no lo comparto”, mas el respeto es falaz y la mirada sigue siendo de desaprobación y desprecio. En qué momento nos alistamos para marchar -como soldados de qué ejército- en fila contra el enemigo, el chivo expiatorio. “El infierno son los otros” dijo Jean Paul, y los otros se parecen tanto en el fondo a lo que somos, a lo que tememos ser. Nos vamos convirtiendo en verdugos del espejo porque, aunque cueste reconocerlo, la humanidad que nos hermana no sabe de fronteras de la piel, la sangre, el sexo, el dios, el color de la camiseta, el tamaño de los egos.

En el fondo, siempre somos pobres criaturas inermes, minúsculas a escala de universos, pidiendo por amor, tan inseguros, mostrando los dientes, frágiles, mortales, pequeños seres necios que odiamos por deporte.

Atte.,
                 DIB

Ley de la selva

leoncio
En el cumpleaños, un nene se acerca y me regala caramelos de su bolsita de sorpresas. Jamás lo he visto antes, es un niño anónimo, hijo de un amigo del amigo cuya hija festeja doce meses de vida extrauterina. Esa entrega, ese desinterés, me abruman. Miro a todos los chicos entretenidos, colaborando en un juego plural y espontáneo, tan predispuestos y me pregunto cuándo perderán esa capacidad de compartir y adaptarse. En qué momento se tuerce el timón de la bondad hacia el terreno de la competencia, del vos quién sos, a vos quién te conoce, minga que te convido de MIS caramelos.

Los chicos son felices y viven el momento. Si tienen un rencor o algún berrinche, son sólo temporarios. Se caen, se golpean, lloran un ratito y se levantan. Los adultos, en cambio, odiamos de manera persistente. Andamos agobiados de tristeza y mezquindades, arrastramos frustraciones y temores durante años. Nos asusta el mañana, por eso empañamos el presente con preocupaciones a futuro. La vida se transforma en una batalla en la que sobreviven los más fuertes, entonces enseñamos que hay que abrirse camino a los codazos. Y los niños aprenden el dolor, la intolerancia, los prejuicios, el fracaso de antemano.

Cuando nos íbamos del cumpleaños, la dueña de casa repartió entre los grandes las bolsitas que habían sobrado. A la nuestra le faltaba el paquete de gomitas de gelatina. Inmediatamente, suspicaz, recordé a unas madres “tentadas” que habían estado comentando su debilidad por esa golosina. Jamás se me cruzó dudar de los pequeños.

Atte.,
                DIB

Medios de loca emoción

al canariomóvil!

Las cosas, que tienen movimiento, nos invitan a transitar el camino. Un paseo que a veces podemos planificar y otras debemos improvisar sobre la marcha.

Quizá no importe tanto el cómo, sino el hacia dónde. Cuando conocemos, por fin, el próximo destino, todo se ordena, todo encaja, todo sucede. El lugar de llegada podrá parecernos lejano, ajeno, extraño, pero será nuestro, mientras más nos acerquemos. Tendrá sorpresas, certezas y nuevas circunstancias. Brillantes puntos de partida a estrenar, señera agitación, dulce efervescencia.

Qué bueno crear, en el principio, el entusiasmo y luego, echarse a andar, labrar la espera con esa promesa de lo que -seguramente- al fin, llega.

Atte.,
          DIB

Disculpen las molestias…

…estamos vacacionando para uds.

Sitio escasamente actualizado por razones de juerga mayor.

Volveré: Tudo que é bom acaba rápido.

Escurridizo

un tranvía llamado Garfield

Oímos por ahí que se escapa como arena entre los dedos, pero ni siquiera eso: a la arena es posible volver a juntarla en un puñado con herramientas más eficaces. En cambio él, galopa, salta, vuela, fluye implacable, irreversible.

“Ya lo hago”, “Todavía hay tiempo”, “Falta mucho aún”. Expresiones con las que torpemente pretendemos consolar nuestra impotencia, estar bajo un control ficticio. Porque nada camina más tenaz en la vida que el reloj de lo que -irremediablemente- sucede. A nuestro pesar, por sobre nosotros, lacerando con persistentes esquirlas nuestra piel, nuestras fuerzas, nuestras ganas. Miles de cosas por hacer, acumulándose y tan escaso margen.

Entonces, a modo de consuelo, me encuentro abrazando la teoría que trae un poco de sosiego a tanta angustia. Lo único que existe es este momento que transcurre. El único terreno en el que verdaderamente tenemos alguna injerencia es el presente.

Una vocecita interior (especie de autoayuda esquizofrénica) me dice: valora el ahora y deja correr al tiempo. Lo que pasó, pasó… entre tú y yo.

Atte.,

            DIB

se fue

El secreto de sus ojos

espejito-espejito

El cuerpo es una máquina fantástica y misteriosa. A veces, incluso, me parecen sobrehumanos los esfuerzos por comprender este complicado, maravilloso mecanismo.

¿Qué nos hace abrir los ojos cada mañana? ¿Qué nos lleva a cerrarlos después de varias horas de vigilia? ¿Qué mensaje cifrado tienen las chiribitas que aparecen luego de mirar por debajo de las axilas mientras se toma un baño? Sublimes engranajes corporales que no terminaré de entender del todo, seguramente.

Mamá consultó de urgencia al oculista por unos flashes pasajeros que la empezaron a visitar de improviso (aunque parezca un juego de palabras). Una luz intermitente que atraviesa la visión sin pedirnos permiso es algo que alarmaría a cualquiera. Entonces pienso en el inmenso valor de algo tan complejo como elemental: ver el mundo. Más allá del consabido “no se valora lo que se tiene hasta que se pierde”, inquieta preguntarse ¿qué es peor: nunca haber visto o dejar de hacerlo por alguna infortunada circunstancia?

Terrible renunciar a lo que con tanta naturalidad nos acompaña desde el nacimiento (por algo en las telenovelas festejan tanto cuando el protagonista recupera la vista luego de una ceguera guionada por requisitos de tensión dramática). Pero ¿y los que nunca vieron? Supongo que quienes aprendieron a percibir el mundo con todos los demás sentidos que los videntes subestimamos no tienen grandes reparos. Se adaptaron, o ni siquiera tuvieron que planteárselo, ya que lo natural en ellos es convivir con esa noche tan llena de otras luces.

Difícil inclinarse por alguna respuesta ‘a ojos cerrados’. Por ahora, me he puesto los lentes de descanso para tipear estas palabras… miren que es un tema serio. Uds., ¿cómo lo ven?

Atte.,

           DIB

Detalles

parece..
Acabo de ponerme un saco, porque ha refrescado y debo salir. Cuando intento guardar un pañuelito descartable en el bolsillo, compruebo que no existe, que sólo está la tapa simulando. De pronto recuerdo que ya sabía que allí no había bolsillo alguno, pero lo había olvidado. Además, la reproducción es tan perfecta que uno piensa que realmente se trata de una faltriquera, pero no. Entonces, se me vienen a la mente tantos otros fingimientos que vestimos a diario.

Porque una sonrisa que se dibuja embusteramente ante alguien insoportable, es un bolsillo falso. Los deseos de prosperidad al enemigo, son bolsillos falsos. El “qué linda estás, qué bien te queda” ante las evidencias de un atuendo desastroso, también es un bolsillo falso. Son frases que están ahí, decorando las comunicaciones y las relaciones humanas. Salvaguardando la hipócrita corrección social, perpetuando las fachadas empáticas, sosteniendo la mampostería del set ficticio del teatro cotidiano.

¿Qué nos lleva a disfrazar lo que realmente pensamos con palabras tan vacías y automáticas? ¿Por qué insistir con un ritual de fraudes y mentiras? ¿En qué medida es sano practicar una maniobra tan farsante y basada únicamente en apariencias?

Decimos y nos dicen. Y las veces sentidas se mezclan con las falsas, indistintamente. Habría que pensarlo antes, sincerarse. Construir entre nosotros espacios verdaderos donde guardar vínculos auténticos, reales. En los otros simulacros no entra siquiera un pañuelito descartable.

...pero no es

Atte.,
            DIB

Mientras tanto

Ansiábamos algo, lo aguardábamos ilusionados, pero cuando sucedió finalmente, nos quedamos con gusto a poco, a chasco, a oasis desmantelado.

Un año entero planificando un casamiento, un par de meses armando la fiesta de quince, noches de insomnio preparando una presentación importante, días de trabajo con vistas a un gran estreno para que todo se esfume en un par de horas, inevitablemente.

¿Será que lo que uno imagina es más vívido y emocionante que el acto concreto? ¿Es acaso la potencialidad lo que cubre de dorada fantasía el hecho en ciernes? Porque, más allá del éxito, del resultado, no podemos negar que la secuencia preliminar reviste un sinfín de detalles y regocijos paulatinos que tensan el deseo, que aceleran el pulso. Como aquella frase del profesor de bolos en la primera temporada de los Simpsons que mi papá cita siempre: “El momento más hermoso de la vida. Mejor que el hecho, mejor que el recuerdo: el momento de la expectativa“. En los preparativos está el gusto. La gracia está en las vísperas.

¿O acaso este texto que ahora tienes entre los ojos, generoso lector, no es mucho menos que lo que esperabas encontrarte, y tantísimo menos que aquello que yo anhelaba poder decirte esta semana?

Atte.,

            DIB

Pompa fúnebre y circunstancia

Al dolor de la muerte hay que sumarle la burocracia de la muerte, que es igual o incluso peor que esa desdicha primera.

Porque dejar de respirar, es relativamente sencillo. Lo complejo es el papeleo que viene después y que padecen los que, en mitad del desconsuelo de la ausencia, deben lidiar con certificados de defunción, trámites municipales por una parcela en el cementerio, si habrá velatorio o no, ultimar detalles con la funeraria, etc.

Lo terrible es el cajón de Pandora en reverso, tragándose las lágrimas, llevándose al más allá los buenos y malos momentos, las culpas, las últimas palabras, las cosas que no alcanzaron a decirse. Nos quedamos desnudos en el frío y vacío de la falta. Vestimos la mente con el ropaje luctuoso de la pena y sentimos la suspensión instantánea de cualquier deseo, el asalto tenaz de una amargura infinita.

Después habrá mucho tiempo para volver de la modorra del pesar y empezar a pagar en cuotas el chistecito de la ceremonia fatal. El pésame suele darse, además, por todo eso que el hecho trae aparejado. “Helecho de muerte”: deberíamos transmutar en una planta. Y cuando ya nadie nos riegue con su llanto, secarnos sin tanto espamento, ostentación ni derroche.

Atte.,
            DIB