Regá esas plantas


En época estival, huir de la rutina se convierte en la premisa y todos corren, a lo locos, a disfrutar porque la temporada y la sociedad así lo exigen.

Las mascotas, mal que mal (y exceptuando anécdotas de casos que espantan), quedan al cuidado de terceros. Un familiar que se arrima a darles comida, un veterinario que tiene servicio de guardería y así. Pero con las plantas -a menos que se trate de un jardín con riego automatizado- hay quienes tienen una especial despreocupación. Que se sequen, total, después ponemos otras.

Una vez escuché a alguien contar con mucha gracia que al volver de las vacaciones se encontró con todas las plantas muertas y cómo alegremente había salido a comprar unas nuevas. Claro, total, son ornamentación, mero relleno del decorado en la mampostería del living de nuestras vidas de catálogo.

Miro las que ha dejado mi vecina al capricho de la intemperie. Esas que nadie viene a cuidar aunque sea un par de veces por semana. Intenté arrojarles agua desde mi patio, pero sin éxito. Afortunadamente, la otra noche hubo tormenta y algún alivio -supongo- le trajo al verde. De todos modos, no es justo. No puede una planta de departamento depender de las húmedas limosnas del cielo. Para eso, las hubiesen dejado en el vivero y se hubiesen conseguido unas de plástico. A algunos el verano los vuelve desalmados.

Y poniéndonos literalmente metafóricos (a lo Chance en la novela de Kosinski) diremos que lo que se riega en demasía, se ahoga o empantana. Y lo que no se riega, tarde o temprano se seca. Nociones de jardinería básica.

Atte.,
           DIB

Esa sed


La llamamos suerte, porque es nuestra manera de evadir la responsabilidad que tenemos en lo que nos sucede. Pero esa fortuna no toca a la puerta si uno no está en casa para atender.

Cada vez veo más señales que indican que para que lo imposible ocurra, uno debe hacer todo lo que esté a su alcance antes. O sea, sí, existen lugar y momento justos, alineación de planetas y eso, y sin embargo nada pasaría sin los desplazamientos previos en espacio y tiempo, sin órbitas en curso danzando de antemano.

Y aunque a todos nos lleguen alguna vez esos quince minutos de fama (Warhol dixit), sé bien que ese halo destiñe demasiado deprisa. Es más una cuestión de convicción y de resistencia. Un premio es una botella de agua que alguien te alcanza en una maratón, para que sigas corriendo.

Feliz, agradecida y previsora salgo a comprar unas zapatillas bien cómodas. Intuyo que la meta, como el horizonte, se seguirá moviendo.

Atte.,
              DIB

Otro efecto mariposa

Apostada en mitad del patio, ayer nos llamó la atención una mariposa. Estaba quietita en el suelo. Le sacamos fotos un rato y prácticamente ni se mosqueó. Habíamos visto abejas venir a fenecer a la terraza, pero nunca pensamos que el fenómeno fuera a extenderse a otros insectos. Como casi no se movía, entendimos que agonizaba.


Hoy seguía en el mismo lugar, pero “acostada”. El frío había terminado de tumbarla. Una tumba al cielo abierto de la noche. Lamenté no haber reaccionado, hacerla entrar al calor del hogar cuando todavía estábamos a tiempo. Entonces, la dimos por muerta.

Pero, para nuestra sorpresa, a media mañana -tirando a mediodía- despertó de su letargo. Negra Nieves desentumecida por el beso amarillo del sol en sus alas anaranjadas.

Lo que parecía dormido para siempre, estaba esperando la ocasión oportuna para levantarse nuevamente. Así, como si alguien hubiese liberado el pause de la escena, la mariposa voló a posarse en el jazminero, luego la pared, tercera escala: el cielo.

Cuánto hay en nosotros todavía anestesiado.

Atte.,
            DIB

A la mágica potencia

Creía que jamás sería capaz de armar el cubo Rubik. Y mientras creía así, ni siquiera lo intentaba. Entonces, mi diagnóstico de fracaso se cumplía. Las excusas más frecuentes: se me anuda el cerebro, lo mío son las letras no el cálculo. Pero en el fondo, quería hacerlo.

Después de mirarlo con recelo mucho tiempo, accedí a aprender los mecanismos lógicos del ensamblado. Me fui entusiasmando a medida que avanzaba en la destreza. Hoy puedo llegar a resolverlo, sorteando alguna que otra dificultad.

Lo que tenemos enredados son los prejuicios sobre nuestras propias competencias. Que nunca hayas hecho algo no implica necesariamente que no puedas hacerlo. Sí, son necesarias paciencia y práctica, pero ¿quién prometió que fuera por ósmosis?

¿De qué cosas somos o no capaces? ¿Hasta dónde es lícito soñar? ¿Cuál creemos que es el límite y en qué medida esa creencia nos limita en cuanto a lo que obtenemos? ¿Cuánto hemos dejado pasar por desconfianza, ingenuidad de los talentos o disposiciones dormidas?

Traspasar esos bordes, elevarnos por encima de cualquier tope impuesto o autoimpuesto. Deberíamos permitirnos la grata sorpresa de lograr lo impensado más a menudo. Querer es poder. Pensar que se puede es hacer que se pueda.

Que nadie te diga hasta dónde es posible.

Atte.,
                DIB

Ceremonia apenas secreta


Si la costumbre -como piensan algunos- es lo que tranquiliza, los pequeños rituales que celebramos a diario ayudan a sostener esa caja de contención tan necesaria. Límites reconfortantes de lo conocido. El placer secreto de tener la certeza de algo.

Hay uno, en particular, que me calma: poner el agua a calentar en la pava por la mañana, llenar el termo, echar a andar los cimarrones de ese día. Claro, dirán que más que ritual es adicción (conocemos las propiedades de la mateína), pero creo que hay algo más que una necesidad fisiológica.

Quizás existe, subyace en una dimensión que no alcanzamos a percibir, un universo hecho de certezas, de actos mecánicos e indispensables para mantener las vidas desarrollándose. Un bastidor de protocolos consuetudinarios sobre los cuales se tensa el lienzo del resto de las cosas que hacemos aleatoriamente. Como una ropa siempre igual de personaje de historieta, que le da ese toque de anclaje en un hilo conductor de seguridades a partir de las cuales proyectar la aventura, lo que se sale de la rutina. (Llámenme loca, si quieren. También tengo entrenada la liturgia de escribir en voz alta las cosas, si pensarlas demasiado).

Me pregunto qué rituales celebrarán las mentes atentas que tienen por costumbre visitar este sitio.

Atte.,
                DIB

Frigor mortis


En estos días de calor aberrante (el agobio ya lo pasamos con creces), nos queda el consuelo de las noches -apenas un poco más fresquitas- en las que abrimos la ventana de la habitación e intentamos conciliar un sueño lo menos pegajoso que se pueda. Algunas de esas noches, en efecto, la brisa que se propaga es de una dulzura y timidez supremas, pero sosiega nuestras ardientes pieles estivales.

El problema se presenta cuando, al abrir la ventana, junto con el airecillo nos llega el molesto ronroneo de los aires acondicionados de todos los vecinos. Uno, sobre todo, que ejecuta impunemente su traqueteo de cafetera descompuesta. Un sonido constante y fastidioso que nos hace sentir que pernoctamos dentro del tambor de un lavarropas (encendido). Dormimos, de todos modos, porque otra no nos queda (rehuimos la instalación de estos aparatos, por motivos de salud y ecológicos), pero recién nos sentimos aliviados cuando el zumbido se apaga, en espaciados y escasos intervalos. Sin embargo, la tregua dura poco: enseguida vuelve el ruido y es la muerte, el fin, el acabose de la paz auditiva y mental.

Lo que es confort para unos, es tormento de otros. Y, como siempre, el egoísmo prevalece. Ningún inciso del estatuto del consorcio estipula o regula el tema de estos artefactos en los espacios comunes. Además, el sentido común es nulo en los cuatro vecinos que han instalado cinco aires en un patio interno de dos por dos.

En noches frescas como la de hoy, confieso que siento lástima por ellos. Alienados y alineados con mandatos de consumo, viven anestesiados en su frescor artificial y se pierden el gozo real y espontáneo de este airecito en la cara.

Atte.,
                DIB

Nos sobran los motivos


Pasamos caminando por el vivero cercano a casa. Vemos que no abrieron y en la puerta dejaron un letrero escrito a mano con el siguiente mensaje: “Cerrado por felicidad. Del 23/11 al 26/11 (Nacieron los trilli)“.

Lo primero que pensé fue “Cuánto gasto en ropa y pañales”, pero de inmediato lo que inundó mi ánimo fue una total ternura. Ternura infinita por comprobar que hay gente que todavía le encuentra una vuelta de tuerca a la mala onda circundante. La felicidad también debería tener prensa y tendríamos que aprender a celebrar en voz alta las cosas buenas que nos pasan, así como vamos por la vida declamando los pesares y quejándonos.

El papel de víctimas -suponemos- nos favorece de algún modo. Que los demás se apenen y se apiaden. En cambio la euforia, la fortuna, suelen despertar en los otros -seguimos suponiendo- un sentimiento extraño mezcla de envidia y alegría de plástico. Pensamos mal, seguramente. Proyectamos; una película en la que la gente es mezquina y siempre los malos se salen con la suya.

Podríamos intentar hacer la diferencia, ser nosotros el cambio. Poniendo cartelitos que más allá de duelos y quebrantos, también compartan la dicha, por ejemplo.

Atte.,
                DIB

Bi-O
No sé, no me hallo. Reconozco que soy la que ha nacido y transitado este camino, pero a la hora de escribir mi biografía, la tarea se vuelve incómoda y tediosa.

Hay gente que hace cosas cada año porque dan puntaje y abultan en el currículum. Gente que evita hacer otras para luego no tener que consignarlas vergonzosamente. Gente que hace mucho, todo el tiempo, porque lo disfruta y ama perfeccionarse y no se fija ni le importa que alguien más se entere. A veces no recordamos bien qué vimos en ese curso relámpago ni si viene a cuento, pero tenemos el certificado que lo acredita y allí va la mención en la bitácora.

Los eventos resultan demasiado maleables y la objetividad, sumamente relativa. Porque uno ha hecho lo que ha podido y también lo que ha querido, pero no puede evitar sentir pretencioso un recuento de “logros” o “aciertos” que en realidad son simples hitos, circunstancialidades que puestas en palabras pueden sonar pomposas o, por el contrario, no estar a la altura de lo vivido.

Los sucesos que delinearán la semblanza devienen una mezcla extraña de acontecimientos pedestres y hazañas titánicas. ¿Cómo evitar la pardoja de sentir que se está mintiendo y a la vez diciendo la verdad más descarnada? ¿Será común esa sensación o soy la única traumada que se cuestiona estos detalles?

Hasta qué punto ese repaso de actividades, títulos, honores y cargos apenas nos sirve como excusa para constatar que todavía vamos por el mundo, transitándolo. Cuánto hay de nosotros en lo que decimos de nosotros. Cómo cambia nuestra contextura social frente a los ojos de terceros. En qué medida alteramos la composición del todo con la parte que contamos. Y, en última instancia, ¿qué puede decir uno de sí mismo?

Atte.,
                DIB

¿Por dónde empiezo?

cosas pendientes
Cuando hay tanto por hacer/ordenar/limpiar/escribir, fijar las prioridades con alfileres en una plancha de telgopor mental cual taxidermistas empeñosos no parece tarea sencilla. Es que las cosas pendientes son escurridizas. Y se burlan, además, de nuestra desesperación y angustia. Ahí enfrente hay una que me mira, por ejemplo. Me está mirando fijo, mientras sonríe. Sabe que cuando me acerque a intentar atraparla, saldrá corriendo ágil hacia el lado contrario.

Es complicado, también, mantenerse en forma para desplazarse a la par de las diligencias. Separar lo urgente de lo importante, decía una frase refranesca. Pero de poco sirve en estos casos, porque hay tal maraña de objetos, ganas y espacios dispersos, que cuesta distinguir fehacientemente cuál es la punta del ovillo desde la que conviene empezar a tirar sin provocar un enredo todavía peor.

Hacer una lista, quizá eso ayude. Aunque no puedan dilucidarse las prioridades, al menos está esa satisfacción de ir tachando las tareas a medida que se van cumpliendo. El primer ítem a consignar puede ser: hacer una lista de cosas pendientes. Inmediatamente tildamos el cometido como realizado y seguimos añadiendo elementos que nos liberen -al menos temporalmente- del caos.

Atte.,
                DIB

Fuera de foco

desenfocada ahá ahá

No es fácil. Requiere de un largo y meditado proceso de autoconocimiento y manejo general de las herramientas apropiadas. La luz, el pulso, el ángulo, todo tiene que ver en el resultado final que obtenemos, que casi nunca coincide con el que habíamos imaginado, por supuesto.

Muchas veces me sorprendo pensando en la premisa urgente de ‘enfocar’ mi vida, mis acciones, con mis deseos. Y no siempre me resulta sencillo lograr el balance justo de los ingredientes en cuestión. En ocasiones las ganas son plenas, pero las circunstancias externas no acompañan; otras, el momento y el lugar son exactos, pero me sorprenden sin una gota de entusiasmo. Por ahí sé lo que quiero y cuándo, pero ejecuto con torpeza los planes trazados y llego tarde, cansada, loca y disfrutando apenas. Ignoro si algún día lograré el equilibrio.

Mientras tanto, le busco (y encuentro) el gusto a lo imperfecto. La grácil velocidad detenida del movimiento atrapado en las fotos que salieron urgentes, a su debido destiempo. Y acaricio la superficie esfumada de las imágenes que aún están fuera de foco en mi álbum. Nadie nace sabiendo.
Atte.,
              DIB