
En época estival, huir de la rutina se convierte en la premisa y todos corren, a lo locos, a disfrutar porque la temporada y la sociedad así lo exigen.
Las mascotas, mal que mal (y exceptuando anécdotas de casos que espantan), quedan al cuidado de terceros. Un familiar que se arrima a darles comida, un veterinario que tiene servicio de guardería y así. Pero con las plantas -a menos que se trate de un jardín con riego automatizado- hay quienes tienen una especial despreocupación. Que se sequen, total, después ponemos otras.
Una vez escuché a alguien contar con mucha gracia que al volver de las vacaciones se encontró con todas las plantas muertas y cómo alegremente había salido a comprar unas nuevas. Claro, total, son ornamentación, mero relleno del decorado en la mampostería del living de nuestras vidas de catálogo.
Miro las que ha dejado mi vecina al capricho de la intemperie. Esas que nadie viene a cuidar aunque sea un par de veces por semana. Intenté arrojarles agua desde mi patio, pero sin éxito. Afortunadamente, la otra noche hubo tormenta y algún alivio -supongo- le trajo al verde. De todos modos, no es justo. No puede una planta de departamento depender de las húmedas limosnas del cielo. Para eso, las hubiesen dejado en el vivero y se hubiesen conseguido unas de plástico. A algunos el verano los vuelve desalmados.
Y poniéndonos literalmente metafóricos (a lo Chance en la novela de Kosinski) diremos que lo que se riega en demasía, se ahoga o empantana. Y lo que no se riega, tarde o temprano se seca. Nociones de jardinería básica.
Atte.,
DIB










