…estamos vacacionando para uds.
Sitio escasamente actualizado por razones de juerga mayor.
Volveré: Tudo que é bom acaba rápido.
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Oímos por ahí que se escapa como arena entre los dedos, pero ni siquiera eso: a la arena es posible volver a juntarla en un puñado con herramientas más eficaces. En cambio él, galopa, salta, vuela, fluye implacable, irreversible.
“Ya lo hago”, “Todavía hay tiempo”, “Falta mucho aún”. Expresiones con las que torpemente pretendemos consolar nuestra impotencia, estar bajo un control ficticio. Porque nada camina más tenaz en la vida que el reloj de lo que -irremediablemente- sucede. A nuestro pesar, por sobre nosotros, lacerando con persistentes esquirlas nuestra piel, nuestras fuerzas, nuestras ganas. Miles de cosas por hacer, acumulándose y tan escaso margen.
Entonces, a modo de consuelo, me encuentro abrazando la teoría que trae un poco de sosiego a tanta angustia. Lo único que existe es este momento que transcurre. El único terreno en el que verdaderamente tenemos alguna injerencia es el presente.
Una vocecita interior (especie de autoayuda esquizofrénica) me dice: valora el ahora y deja correr al tiempo. Lo que pasó, pasó… entre tú y yo.
Atte.,
DIB


El cuerpo es una máquina fantástica y misteriosa. A veces, incluso, me parecen sobrehumanos los esfuerzos por comprender este complicado, maravilloso mecanismo.
¿Qué nos hace abrir los ojos cada mañana? ¿Qué nos lleva a cerrarlos después de varias horas de vigilia? ¿Qué mensaje cifrado tienen las chiribitas que aparecen luego de mirar por debajo de las axilas mientras se toma un baño? Sublimes engranajes corporales que no terminaré de entender del todo, seguramente.
Mamá consultó de urgencia al oculista por unos flashes pasajeros que la empezaron a visitar de improviso (aunque parezca un juego de palabras). Una luz intermitente que atraviesa la visión sin pedirnos permiso es algo que alarmaría a cualquiera. Entonces pienso en el inmenso valor de algo tan complejo como elemental: ver el mundo. Más allá del consabido “no se valora lo que se tiene hasta que se pierde”, inquieta preguntarse ¿qué es peor: nunca haber visto o dejar de hacerlo por alguna infortunada circunstancia?
Terrible renunciar a lo que con tanta naturalidad nos acompaña desde el nacimiento (por algo en las telenovelas festejan tanto cuando el protagonista recupera la vista luego de una ceguera guionada por requisitos de tensión dramática). Pero ¿y los que nunca vieron? Supongo que quienes aprendieron a percibir el mundo con todos los demás sentidos que los videntes subestimamos no tienen grandes reparos. Se adaptaron, o ni siquiera tuvieron que planteárselo, ya que lo natural en ellos es convivir con esa noche tan llena de otras luces.
Difícil inclinarse por alguna respuesta ‘a ojos cerrados’. Por ahora, me he puesto los lentes de descanso para tipear estas palabras… miren que es un tema serio. Uds., ¿cómo lo ven?
Atte.,
DIB

Acabo de ponerme un saco, porque ha refrescado y debo salir. Cuando intento guardar un pañuelito descartable en el bolsillo, compruebo que no existe, que sólo está la tapa simulando. De pronto recuerdo que ya sabía que allí no había bolsillo alguno, pero lo había olvidado. Además, la reproducción es tan perfecta que uno piensa que realmente se trata de una faltriquera, pero no. Entonces, se me vienen a la mente tantos otros fingimientos que vestimos a diario.
Porque una sonrisa que se dibuja embusteramente ante alguien insoportable, es un bolsillo falso. Los deseos de prosperidad al enemigo, son bolsillos falsos. El “qué linda estás, qué bien te queda” ante las evidencias de un atuendo desastroso, también es un bolsillo falso. Son frases que están ahí, decorando las comunicaciones y las relaciones humanas. Salvaguardando la hipócrita corrección social, perpetuando las fachadas empáticas, sosteniendo la mampostería del set ficticio del teatro cotidiano.
¿Qué nos lleva a disfrazar lo que realmente pensamos con palabras tan vacías y automáticas? ¿Por qué insistir con un ritual de fraudes y mentiras? ¿En qué medida es sano practicar una maniobra tan farsante y basada únicamente en apariencias?
Decimos y nos dicen. Y las veces sentidas se mezclan con las falsas, indistintamente. Habría que pensarlo antes, sincerarse. Construir entre nosotros espacios verdaderos donde guardar vínculos auténticos, reales. En los otros simulacros no entra siquiera un pañuelito descartable.

Atte.,
DIB
Ansiábamos algo, lo aguardábamos ilusionados, pero cuando sucedió finalmente, nos quedamos con gusto a poco, a chasco, a oasis desmantelado.
Un año entero planificando un casamiento, un par de meses armando la fiesta de quince, noches de insomnio preparando una presentación importante, días de trabajo con vistas a un gran estreno para que todo se esfume en un par de horas, inevitablemente.
¿Será que lo que uno imagina es más vívido y emocionante que el acto concreto? ¿Es acaso la potencialidad lo que cubre de dorada fantasía el hecho en ciernes? Porque, más allá del éxito, del resultado, no podemos negar que la secuencia preliminar reviste un sinfín de detalles y regocijos paulatinos que tensan el deseo, que aceleran el pulso. Como aquella frase del profesor de bolos en la primera temporada de los Simpsons que mi papá cita siempre: “El momento más hermoso de la vida. Mejor que el hecho, mejor que el recuerdo: el momento de la expectativa“. En los preparativos está el gusto. La gracia está en las vísperas.
¿O acaso este texto que ahora tienes entre los ojos, generoso lector, no es mucho menos que lo que esperabas encontrarte, y tantísimo menos que aquello que yo anhelaba poder decirte esta semana?
Atte.,
DIB
Al dolor de la muerte hay que sumarle la burocracia de la muerte, que es igual o incluso peor que esa desdicha primera.
Porque dejar de respirar, es relativamente sencillo. Lo complejo es el papeleo que viene después y que padecen los que, en mitad del desconsuelo de la ausencia, deben lidiar con certificados de defunción, trámites municipales por una parcela en el cementerio, si habrá velatorio o no, ultimar detalles con la funeraria, etc.
Lo terrible es el cajón de Pandora en reverso, tragándose las lágrimas, llevándose al más allá los buenos y malos momentos, las culpas, las últimas palabras, las cosas que no alcanzaron a decirse. Nos quedamos desnudos en el frío y vacío de la falta. Vestimos la mente con el ropaje luctuso de la pena y sentimos la suspensión instantánea de cualquier deseo, el asalto tenaz de una amargura infinita.
Después habrá mucho tiempo para volver de la modorra del pesar y empezar a pagar en cuotas el chistecito de la ceremonia fatal. El pésame suele darse, además, por todo eso que el hecho trae aparejado. “Helecho de muerte”: deberíamos transmutar en una planta. Y cuando ya nadie nos riegue con su llanto, secarnos sin tanto espamento, ostentación ni derroche.
Atte.,
DIB
La textura de los besos. La velocidad de una montaña rusa. El sabor del dulce de alcayota. Andar en bicicleta, sin rueditas. Esa estrella fugaz que al fin se divisa en el cielo de todos los días. Cosas que pasan de un momento en adelante. Y es en esa coyuntura inaugural en la que me detengo.
Hace poco hice algo que no había hecho nunca. Me sentí afortunada, distinta, un poquito más viva. Es que la emoción de lo desconocido, el vértigo del comienzo, dan otro condimento a lo acostumbrado. Dibuja una sonrisa sorprenderse novato. Es reconfortante descubrirse cándidamente primerizo, a pesar de los años.
Y ojo, que no es necesario hacer nada osado, excepcional ni temerario. Pequeñas aperturas en los sentidos o las ganas bastan para dar cuerda a un reloj flamante que se echará a contar las horas de una manera renovada. Ceremonias chiquitas, acaso imperceptibles, pero que forman parte de minúsculos chispazos iniciáticos. Fosforitos que quizá hagan arder fuegos indelebles, o simples destellos con el encanto de lo que brilla un segundo.
Todavía queda tanto que hacer por primera vez, afortunadamente. Siempre seremos novicios en algo. Ingenuos principiantes. Eternos aprendices en días de estreno.
Atte.,
DIB
A veces no me soporto. O no soporto tener que llevar a cabo un compromiso que yo misma instalé en la agenda mental. “Las mejores promesas son esas que no hay que cumplir”, entona Sabina y digo que sí, que tiene toda la razón, pero que es difícil no hacer algún juramento bajo los efectos del entusiasmo. La cosa es concretar después.
Envidio enferma-mente a quienes pueden ir por la vida realizando sin más, sin tanto preludio ni tortura. Aquellos artífices, emprendedores, proactivos. Como Bernie. Bernie es un norteamericano que hospedamos en casa unos días. Arquitecto, viajero, inquieto observador y, sobre todo, *empecinado* en agradecernos el alojamiento. Le comentamos que queríamos poner unas enredaderas en la pared baja del patio, algo que tapara, con el tiempo, la visión espantosa de las antenas satelitales de los vecinos, los techos y ventanas aledaños. Entonces él pidió papel y lápiz, salió, observó y garabateó un par de soluciones. Con el proyecto en mano calculó los materiales necesarios y nos contó las opciones. Muy lindo, qué bueno, dijimos. Pero no se detuvo ahí. Quiso comprar lo que hacía falta y comenzar cuanto antes a efectivizar el boceto. Le dimos el gusto, porque parecía disfrutarlo. Un día y medio después, los alambres estaban perfectamente colocados para instalar cuando quisiéramos las benditas enredaderas. Increíble. Expeditivo. Bien hecho.
La admiración por esta clase de personas es más fuerte que la envidia que pueda llegar a tenerles. A mí, que todo o casi todo me genera fastidio, dejadez, abulia, me resulta fascinante ver cómo maniobra la operancia en los otros. “Si lo pienso, lo hago dos veces”, aconsejaba mi tía Norma a las aprendices de cocina que tomábamos clases con ella. Es algo que sirve tanto para lavar los platos como para emprender la escritura del artículo semanal de un sitio. Hernán y Sergio ya se reían de que el segundo se titulara “La página en blanco”, mírenme, chicos: este es el décimo y todavía me cuesta.
Atte.,
DIB
Lo que de adolescente me parecía una necesidad insoslayable, ahora me resulta una pose, otra imposición externa y vacua. Una simple excusa para salir a beber, para reír, para tocar, para mostrarse. A cierta edad, necesitamos esos motivos colectivos y desde el afuera que nos hagan sentir vivos, ser parte.
No veo en qué se diferencie este día del anterior o del siguiente. Como con el 21 de setiembre, sucede con cumpleaños y demás aniversarios. Pero así suelen ser las fechas de festejo: iguales y distintas. Aunque las estaciones lleguen y pasen de todos modos, a pesar nuestro y sin necesidad alguna de picnic ni recitales de bandas invitadas.
La maravillosa perspectiva nos muestra ciertos hitos de nuestras historias personales sin el frenesí de la cercanía. Con el tiempo, aprendemos a mirar con otros ojos los mismos sucesos. Lo genial y fantástico, puede volverse modestamente aceptable. Lo enorme y terrible, puede disminuir al tamaño llevadero de una pequeña mochila, que alguna vez nos sacamos de los hombros. Lo urgente e imprescindible, puede ser desplazado por nuevas urgencias, mejores necesidades.
La maravilla de este nuevo enfoque que entrenamos con los años es volvernos autónomos, protagonistas. Ya no hay que buscar un pretexto para beber, para reír, para tocarnos. Nos interesa más el encuentro con el otro que la coyuntura misma. (Pobres quienes sólo saben vivir para la foto).
Hoy somos capaces de provocar las cosas que nos pasan, brindar cuando tenemos verdaderas ganas. Despojados de almanaques comerciales, podemos festejar los besos y las flores cualquier día del año. Somos hacedores de nuestras circunstancias.
Atte.,
DIB
El showman emerge desde el fondo del telón y el público ríe, aplaude, se enajena. Lo curioso es que el hombre en el escenario aún no ha dicho nada, a lo sumo ha mirado por encima las cabezas que coronan cada hilera de butacas. La gente, sin embargo, celebra cada gesto con exagerado jolgorio. La obra es básicamente de humor, pero tiene momentos más íntimos y reflexivos en los que la concurrencia se resiste a entrar al principio. Incluso cuando el actor anuncia que va a cantar un tema musical en griego mientras alaba la cultura y aconseja seguir el rico legado heleno, los espectadores continúan emitiendo risotadas absurdas. “En serio”, tiene que aclarar el artista varias veces, antes de poder generar el clima adecuado para interpretar la canción.
El regocijo es abrumador, insistente, desproporcionado. Durante toda la función se escuchan carcajadas frenéticas y de volumen enardecido. ¿Por qué esa necesidad irrefrenable de demostrar que uno la está pasando bien?
Posibles respuestas: A) Me vengo a reír, estoy predispuesto a reír, y entonces lo hago sin importar que la situación sea oportuna. B) Necesito reír porque afuera mi vida es bastante aburrida. Pagué $80 para olvidar ese detalle por al menos dos horas. C) Me río automáticamente frente a cada enunciado con forma de chiste para no desentonar, por miedo a no entender, a que se note que quizá no entendí del todo. Río fuerte, para despejar dudas. D) La hilaridad es catarsis y yo vine a ejercerla.
No cuestiono el desahogo natural del momento ameno. Me genera sospechas la respuesta automática e hiperbólica. La efervescencia apremiante, la alegría desenfrenada y gritona, el estado alterado del éxtasis contemplativo cuando se comparte en público. ¿Será que la adrenalina del momento nos desborda, que dejamos fluir desaforadamente la emoción en maquinal exteriorización?
El hombre, único animal que ríe. El hombre entusiasmado, único animal que ríe compulsivamente.
Atte.,
DIB