
El cuerpo es una máquina fantástica y misteriosa. A veces, incluso, me parecen sobrehumanos los esfuerzos por comprender este complicado, maravilloso mecanismo.
¿Qué nos hace abrir los ojos cada mañana? ¿Qué nos lleva a cerrarlos después de varias horas de vigilia? ¿Qué mensaje cifrado tienen las chiribitas que aparecen luego de mirar por debajo de las axilas mientras se toma un baño? Sublimes engranajes corporales que no terminaré de entender del todo, seguramente.
Mamá consultó de urgencia al oculista por unos flashes pasajeros que la empezaron a visitar de improviso (aunque parezca un juego de palabras). Una luz intermitente que atraviesa la visión sin pedirnos permiso es algo que alarmaría a cualquiera. Entonces pienso en el inmenso valor de algo tan complejo como elemental: ver el mundo. Más allá del consabido “no se valora lo que se tiene hasta que se pierde”, inquieta preguntarse ¿qué es peor: nunca haber visto o dejar de hacerlo por alguna infortunada circunstancia?
Terrible renunciar a lo que con tanta naturalidad nos acompaña desde el nacimiento (por algo en las telenovelas festejan tanto cuando el protagonista recupera la vista luego de una ceguera guionada por requisitos de tensión dramática). Pero ¿y los que nunca vieron? Supongo que quienes aprendieron a percibir el mundo con todos los demás sentidos que los videntes subestimamos no tienen grandes reparos. Se adaptaron, o ni siquiera tuvieron que planteárselo, ya que lo natural en ellos es convivir con esa noche tan llena de otras luces.
Difícil inclinarse por alguna respuesta ‘a ojos cerrados’. Por ahora, me he puesto los lentes de descanso para tipear estas palabras… miren que es un tema serio. Uds., ¿cómo lo ven?
Atte.,
DIB
Hay quienes dicen: ver para creer…
Otros saludan:¡ hasta la vista !
Algunos jugaban al, veo veo…¿qué ves?
Y no quiero seguir, porque le haría propaganda gratis a un supermercado:
¿ve lo que le digo?
La mala luz se irá y todo se verá mejor…
Hermoso post, como todos.
Creo que lo peor es perder la vista por alguna infortunada circunstancia. Los que nunca vieron, bien lo decís, desarrollan los otros cuatro sentidos de manera asombrosa y el mundo que perciben, lleno de texturas, olores, sabores y sonidos no deja de ser menos completo que el nuestro. No se puede añorar lo que nunca se tuvo, ¿o sí?
Sobre perder la vista, me da mucho miedo por eso siempre alguna luz se tiene que filtrar por el cuarto para que duerma tranquila (la de un pasillo, la de la calle, etc.) tengo la fobia de que si me duermo en completa oscuridad y me despierto en mitad de la noche, por más que encienda las luces, no voy a ver nada.
Dib: yo soy uno de los que nunca supieron de lo que se perdieron: no tengo el sentido del olfato -creo- desde nacimiento. Comparado con perder la vista es una pavada, pero convengamos que de las “cinco patas” de los sentidos me falta una de las más poéticas y evocativas. Por otro lado, los ojos se pueden cerrar; en cambio la nariz tiene que olfatear cada cosa.
Borges en un poema los considera un “instrumento” que curiosamente edifican el mundo todo. Cuánta nostalgia en sus poemas sobre las cosas que no vio más. “El amarillo me sigue siendo fiel”, decía.
Qué pasa cuando uno dice “a este no lo puedo ni ver”. Mirá si se nos cumple y nos cegamos cuando pasa el indeaseado/a?
Aunque uno a veces, con algunos, quiere ser Edipo y pincharse los ojos.