
Oímos por ahí que se escapa como arena entre los dedos, pero ni siquiera eso: a la arena es posible volver a juntarla en un puñado con herramientas más eficaces. En cambio él, galopa, salta, vuela, fluye implacable, irreversible.
“Ya lo hago”, “Todavía hay tiempo”, “Falta mucho aún”. Expresiones con las que torpemente pretendemos consolar nuestra impotencia, estar bajo un control ficticio. Porque nada camina más tenaz en la vida que el reloj de lo que -irremediablemente- sucede. A nuestro pesar, por sobre nosotros, lacerando con persistentes esquirlas nuestra piel, nuestras fuerzas, nuestras ganas. Miles de cosas por hacer, acumulándose y tan escaso margen.
Entonces, a modo de consuelo, me encuentro abrazando la teoría que trae un poco de sosiego a tanta angustia. Lo único que existe es este momento que transcurre. El único terreno en el que verdaderamente tenemos alguna injerencia es el presente.
Una vocecita interior (especie de autoayuda esquizofrénica) me dice: valora el ahora y deja correr al tiempo. Lo que pasó, pasó… entre tú y yo.
Atte.,
DIB
