Güisquiiiiiii

Siempre sonreímos para la foto, como si sólo quisiéramos conservar momentos felices. Como si la vida fuera únicamente un álbum con las mejores postales. Es cierto que uno no tiene impulsos de rememorar lo amargo (a menos que sea masoquista) y prefiere siempre revivir algún evento placentero. Pero, y esas fotos en las que no estamos sonrientes, ¿no son tanto o más representativas que las otras? Porque, seamos sinceros, la existencia es un conglomerado de situaciones de las más diversas tesituras. Ni felicidad absoluta, ni horror eterno. Y en mitad de eso, el detenerse a posar para creernos/crearnos una plenitud, para tener algún lugar radiante al cual volver cuando en el futuro repasemos imágenes, nostálgicos. Resulta algo ficticio y falaz, un autoengaño.

Prefiero las espontáneas, las “robadas”, las que se descubren después, las que nos sorprenden en auténticos instantes de alegría o de dolor in fraganti. Hay una foto en particular que es de mis favoritas. En ella cuento a penas con un par de años, muchos rulos, una jardinera de colores primarios, y lloro. No miro a la cámara, tengo los ojos arrugados de llanto y un gesto pucheril hacia el suelo. Es un hecho curioso y único tener ese registro. Un momento congelado. La realidad detenida en ese instante verdadero, absoluto. Claro que hay que agradecer la destreza, el tino del fotógrafo. Sin ese ojo poéticamente inquieto, sin esa lente atenta, no existiría la eternización de ninguna época.

Ojalá tuviéramos más de las naturales en nuestros álbumes. Aunque retrataran la tristeza, la abulia, el rencor o la más contundente y genuina indiferencia. Recuerdo que hace un par de años vi en la tele un matrimonio de enanos que había perdido un hijito. El bebé vivió unas pocas horas y falleció. Tenían una foto del cuerpito en un portarretratos, encima del televisor. Al principio me espantó la idea, pero ellos explicaron que era su hijo, el único que tuvieron y tendrían; que verlo les hacía recordar algo importante y trascendente que les sucedió en la vida.

Es llamativo que la palabra que se nos pide decir para forzar la sonrisa a la hora de disparar la cámara, sea “whisky”. Esa voz inglesa, viene a su vez del gaélico uisce beatha: agua de vida. Y porque la existencia es una suma de imágenes de todas las formas y colores, nuestros retratos deberían honrar esa diversidad. Propongo, de ahora en adelante, fotogramas de ánimos, sabores y texturas diferentes que vayan conformando más fielmente la película en la que somos protagonistas.

Atte.,
              DIB

3 mentes atentas  »

  1. yunior says:

    Estupenda, profunda reflexión…
    Apoyo la propuesta !
    Click !

  2. Natalia says:

    ¿Y al que no le gustan las fotos? ¿Será que quiere pasar por la vida sin tocarla? ¿Sin dejar rastros? Apoyo la propuesta…

  3. dib says:

    yunior: Gracias por sumarse y siempre estar ahí, cámara dispuesta.

    Natalia: No todos tienen -como nosotras- el don de la fotogenia :P . ¿O será miedo de perder el alma entre flashes?

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