El showman emerge desde el fondo del telón y el público ríe, aplaude, se enajena. Lo curioso es que el hombre en el escenario aún no ha dicho nada, a lo sumo ha mirado por encima las cabezas que coronan cada hilera de butacas. La gente, sin embargo, celebra cada gesto con exagerado jolgorio. La obra es básicamente de humor, pero tiene momentos más íntimos y reflexivos en los que la concurrencia se resiste a entrar al principio. Incluso cuando el actor anuncia que va a cantar un tema musical en griego mientras alaba la cultura y aconseja seguir el rico legado heleno, los espectadores continúan emitiendo risotadas absurdas. “En serio”, tiene que aclarar el artista varias veces, antes de poder generar el clima adecuado para interpretar la canción.
El regocijo es abrumador, insistente, desproporcionado. Durante toda la función se escuchan carcajadas frenéticas y de volumen enardecido. ¿Por qué esa necesidad irrefrenable de demostrar que uno la está pasando bien?
Posibles respuestas: A) Me vengo a reír, estoy predispuesto a reír, y entonces lo hago sin importar que la situación sea oportuna. B) Necesito reír porque afuera mi vida es bastante aburrida. Pagué $80 para olvidar ese detalle por al menos dos horas. C) Me río automáticamente frente a cada enunciado con forma de chiste para no desentonar, por miedo a no entender, a que se note que quizá no entendí del todo. Río fuerte, para despejar dudas. D) La hilaridad es catarsis y yo vine a ejercerla.
No cuestiono el desahogo natural del momento ameno. Me genera sospechas la respuesta automática e hiperbólica. La efervescencia apremiante, la alegría desenfrenada y gritona, el estado alterado del éxtasis contemplativo cuando se comparte en público. ¿Será que la adrenalina del momento nos desborda, que dejamos fluir desaforadamente la emoción en maquinal exteriorización?
El hombre, único animal que ríe. El hombre entusiasmado, único animal que ríe compulsivamente.
Atte.,
DIB